26 de Junio de 2017 | 7:56 h

El loco de la selva

Juan Isuiza, protector de 3,500 hectáreas en la zona del Alto Mayo, y su lucha diaria contra los fertilizantes, la deforestación y la caza ilegal.

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Foto: Morgana Vargas Llosa

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Por: Verónica Ramírez Muro
Fotos: Morgana Vargas Llosa

La primera vez que Juan Isuiza se calzó un zapato fue a los 16 años. Antes vivía trepado en un árbol o jugando con las semillas del choloque, unas bolitas no comestibles, durísimas y negras que hacían las veces de canicas. A la escuela iba en canoa. Allí aprendió a leer, sumar, restar y a entender que existía un universo más allá del río Mayo: autos, restaurantes, tiendas. Pero, ¿por qué alguien necesitaría rodearse de todo aquello?

De niño, su madre, Enid, lo llamaba con una bocina para que se acercara a comer. La bocina era el equivalente al celular. En la vivienda familiar todo tenía un equivalente a lo que observaban en sus esporádicos paseos a la ciudad: las lianas servían de cortinas, el sol de reloj y las plantas de medicamentos.

En esos tiempos, Juan, imitando a un mono fraile, se subía a la copa de un árbol a esperar que su padre, Luis, volviera de cazar. O de montear, como dice Juan. “Porque uno siempre tira pal´monte”.

“Llévate al chico”, decía la madre, pero el padre se negaba: el chico era bullicioso y podía espantar a los animales. Y era verdad. Juanito era muy travieso. Tanto que un tío suyo le cercenó un dedo del pie de casualidad al interponerse entre un coco y un machete.

En realidad,  el papá no lo llevaba a montear porque le inquietaba profundamente que  el chullachaqui, ese personaje mitológico selvático que despista y enloquece a quienes logran verlo entre la espesura, lo secuestrara. A Don Luis le parecía haberlo visto una vez. Pudieron haber sido las pisadas de un sajino, el aleteo de un colibrí o, efectivamente, el chullachaqui tan temido. Prefería no correr riesgos.

Hasta que un día, de tanto insistir, lo llevó. Juan esperaba medirse con una bestia salvaje. En cambio,  descubrió que su padre echaba un poco de sal sobre el barro, amasaba el suelo húmedo como si fuera un pan y formaba una montañita, una “cochita”. Dueños de un olfato kilométrico, los animales empezaban a llegar y ellos, cazadores entre los matorrales,  aguardaban el momento de disparar y llevar el almuerzo a hombros hasta la casa.

A partir de entonces, Juan empezó a matar todo lo que se movía. En el  aire, en el río o en la tierra y con escopeta, honda, cuchillo, trampa o con la mano. No perdonaba un movimiento. Todavía no era consciente de  conceptos como la extinción. Ni siquiera presentía que la selva,  es decir el patio trasero de su casa, podía estar en peligro. Hasta que un día como un trueno su visión del mundo cambió.

El día que cambió de pensamiento

Juan, el que cazaba todo lo que se movía, se convirtió un día en conservacionista e hizo de su hogar un albergue para muchos, un lugar de investigación de la flora y fauna de la zona, un protector de los animales, de los árboles, de los cultivos. ¿Se puede estar en ambas caras de la moneda en una misma vida? ¿En todas las cosas se oculta siempre el significado de lo contrario? Por lo visto, sí, es posible,  pero en su caso fue necesario verse reflejado en los ojos de una fiera.

“Yo fui un depredador hasta el 12 de febrero de 1999. Ese día salí a montear como siempre, como casi todos los días, y me encontré cara a cara con un otorongo. ¿Han visto alguna vez un otorongo? Fue el último animal que cacé en mi vida. Ese día cambié de pensamiento”, cuenta Juan.

Para llegar al hogar de Juan, Tingana, provincia de Moyobamba y región San Martín,  hace falta tomar un auto, una lancha y una canoa. Conforme la lancha se aleja de la boca del río Huascayacu, los bosques de tangaranas, séticos, caña brava y capironas se vuelven más tupidos.  Árboles desmelenados, disímiles, desaliñados y libres: una pandilla estrafalaria que proyecta un divertido juego de espejismos en el río Mayo, afluente del Huallaga. 

Los ríos son las carretera de la selva y hoy, en el río Mayo, no hay una gran tráfico de lanchas. Pero la huella humana, como en cualquier estampa de contaminación ambiental, flota sobre las aguas mansas en forma de bolsas o botellas de plástico. Las rayitas que marcan la cobertura en el celular se apagan una a una. Cinco, cuatro, tres…

El río Avisado es un brazo del Mayo, un brazo estrecho por el que se discurre en calma y con cuidado.  Fue el abuelo de Juan, Juan como él, quien le puso nombre al río cuando llegó a vivir a esta zona. El abuelo vino de la provincia de Lamas en los años veinte en busca de una tierra donde cultivar yucas y plátanos. En ese entonces la tierra era de quien llegaba primero. Don Juan se despertó antes, llegó primero y le puso nombre al río: Avisado. Porque, quedas “avisado”, el cauce es tan estrecho que las ramas de los árboles te pueden dar un golpe en la cabeza si te descuidas.

En un recodo del río se ubica Tingana, una reserva natural de casi 3.500 hectáreas, una zona de bosques naturales temporalmente inundables y sembrada de árboles de aguaje y renacos. Aquí vive el pequeño y travieso Juan (que ahora suma 61 años) con sus dos hijos, Gilmer y Sandra, y su esposa Jesús. Sigue sin usar zapatos y recibe al visitante con la vitalidad intacta de la infancia.

Juan nunca se fue de Tingana. Así como el abuelo le puso nombre al río, sus padres le pusieron Tingana a la zona que habitaban en honor a las semillas del choloque con las que Juan y sus hermanos jugaban a “tingar” como canicas. Juan no era muy diestro, no tanto como sus hermanos, así que un día tuvo que “tingar con más ganas” para superarlos.

En este lugar es donde, además de monos (fraile, pichico, mono negro y omeco), osos hormigueros, sajinos, otorongos, aves como el tucán, el flauterillo y la garza -entre una infinidad de mamíferos y aves-, habitan todos sus recuerdos.

Y si los recuerdos son nuestro único patrimonio, Tingana es su lugar en el mundo. El suyo y el de otras seis familias, todas emparentadas, con las que comparte responsabilidades. Juntos han creado la Asociación de Conservación del Aguajal Renacal (ADECAR) para preservar los recursos naturales y desarrollar el ecoturismo. Ellos gestionan Tingana pero, en realidad, las tierras le pertenecen al Estado. ADECAR lucha por una cesión de uso. Existe un ordenamiento territorial y unas zonas protegidas y es necesario cumplir una serie de requisitos para demostrar que cuidan el lugar, que lo protegen.

Los árboles que caminan

“El sol ahora me pica, me quema, antes solo nos calentaba. Antes el maní salía solo un mes, ahora da todo el año”, dice Juan. El escenario, efectivamente, ha cambiado. Ya no pueden beber el agua del río porque les da dolor de estómago, los monocultivos (arrozales, cafetales, cacao) han deteriorado los suelos por el uso de fertilizantes, los animales migran, enferman o mueren  a causa de la deforestación, la caza ilegal y la introducción de nuevas especies, como el eucalipto.

“¿A quién se le ocurre traer algo de otro hábitat?, cómo van a reconocer sus árboles los animalitos?” pregunta Juan al aire. “La tierra se cansa y, de tanto cansarse, un día el pulmón se puede morir”.

Tingana está abierta al público desde 2004 y ofrece un alojamiento austero y una experiencia memorable: tambos donde gentes de todas partes del mundo pasan la noches envueltos en sus sacos de dormir y dentro de un mosquitero.  También pueden dormir en alguna de las dos casitas de madera que se confunden con la vegetación en la copa de un árbol.

En Tingana no hay corriente eléctrica, los huéspedes se alimentan con los frutos del huerto y los peces del río que, Jesús, esposa de Juan, cocina con esmero. “Este es nuestro hotel de las mil estrellas”, dice un Juan siempre sonriente, “porque mil son las estrellas que vemos en el cielo todas las noches”.

Durante el día organizan pequeñas expediciones por el río Avisado, viajes en canoa entre los aguajales y renacales. El sereno recorrido permite detenerse frente a cientos de árboles que parecen caminar, árboles con raíces externas de cuyas ramas cuelgan astromelias, helechos, orquídeas, plantas parásitas y epifitas, esas que se posan sobre otros vegetales utilizándolos de soporte.

Y Juan, que rema con vitalidad y reconoce cada hoja del lugar, dónde quedó anclado un caracol o qué mono busca a su parentela entre los árboles,  quisiera que nada cambie. Organiza talleres y cursos sobre el medio ambiente, invita a todos a su casa, para que experimenten la vida natural, para informar sobre los riesgos de la caza indiscriminada y analizar de qué forma se podría detener el deterioro. Tingana está amenazada. El río ha decrecido considerablemente por el calentamiento global y por la implementación de un canal de riego que alimenta de agua a cientos de hectáreas de cultivos aledaños.

Juan se dedica a proteger su territorio con las armas de la sostenibilidad, los huertos ecológicos y el respeto por la flora y la fauna. Está en constante búsqueda de aliados, quiere aumentar la población de conservacionistas, aprender de ellos y contar su experiencia a todo aquel que pueda perseguirlo (nunca está quieto) o logre retenerlo durante unos minutos. Está convencido que puede salvar la porción de selva que le toca y hacer extensivo su sueño de conservación a toda la región.

“Antes nos creían locos y sí, estamos locos y cada vez somos más los locos que pensamos que vamos a cambiar el mundo”. Y se ríe, con esa risa silvestre en ese cuerpo de guerrero curtido en mil batallas por defender su hogar: la selva.